EMBALSAMAR EN EL ANTIGUO EGIPTO

Para asegurar el sobrevivir en el más allá, había que cumplir una serie de requisitos y celebrar determinadas ceremonias.

El requisito primero y el más importante era la conservación del cuerpo del difunto, para que el alma, que se marchó con la muerte, pudiera volver a él.

Con tal fin, inventaron técnicas de momificación tan perfectas que han permitido la conservación de los cuerpos durante milenios y llegar a nuestros días en perfecto estado.

Para embalsamar los cadáveres los llevaban a la Casa de la Muerte.

En la momificación, era esencial la extracción de las vísceras y partes blandas. Los egipcios extraían las partes que se corrompen: cerebro, hígado, intestinos…

Luego se lavaba el interior del cadáver con aceite de palma y se rellenaban los huecos con hierbas aromáticas machacadas; después se cerraba e introducía el cuerpo en salmuera.

La inmersión del cuerpo en un baño de agua salada -natrón- durante varios meses -unos 70 días.

Al cabo de este tiempo, el cuerpo estaba momificado.

Luego era ungido con productos resinosos y envuelto en múltiples bandas de lino, y se le envolvía en telas engomadas.

Las vísceras eran guardadas en los vasos canopos: vasijas con la tapa en forma de hombre, de chacal, de mono y de halcón.


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Vasos Canopos encontrados en la red.

Una vez momificado el cuerpo, era depositado en la tumba.




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Muchas veces lo colocaban acompañado de estatuas, que podían reemplazarlo, caso de que no se conservase adecuadamente.

La costumbre de embalsamar obedecía a la creencia de que el alma seguía viviendo mientras tuviera el cuerpo o la imagen suya en que descansar.

También le depositaban en la tumba toda clase de ofrendas.

Continuamente había que ocuparse del muerto con ofrendas alimenticias y ceremonias que aseguraban su feliz existencia.

La vida sobrenatural estuvo reservada, durante el Imperio Antiguo, al faraón y a su familia.

A partir del Imperio Medio, sin embargo, todos podían aspirar a la supervivencia en el más allá.